Reconocimiento del amor
Carlos Drummond de Andrade
Traducción de Saturnino Valladares
Amiga, cómo son desconcertantes
los caminos de la amistad.
Apareciste para ser el hombro suave
donde se reclina la inquietud del fuerte
(o que fuerte se pensaba ingenuamente).
Traías en los ojos pensativos
la bruma de la renuncia:
no querías la vida plena,
tenías el previo desencanto de las uniones para toda la vida,
no pedías nada,
no reclamabas tu fragmento de luz.
Y te deslizabas en ritmo gratuito de zaranda.
Descansé en ti mi fajo de desencuentros
y de encuentros funestos.
Quería tal vez- sin percibirlo, juro-
sádicamente masacrarte
bajo el hierro de culpas y vacilaciones y angustias que no sólo dolían
desde la hora del nacimiento,
sino desde el instante de la concepción en cierto mes
perdido en la Historia.
o más lejos, desde aquel momento intemporal
en que los seres son apenas hipótesis no formuladas
en el caos universal.
¡Cómo nos engañamos huyéndole al amor!
Cómo lo desconocimos, tal vez con recelo de enfrentar
su espada reluciente, su formidable
poder de penetrar la sangre y en ella imprimir
una orquídea de fuego y lágrimas.
Entretanto, él llegó mansamente y me envolvió
en dulzura y celestes hechizos.
No quemaba, no brillaba; sonreía.
Mal entendí, tonto que fui, esa sonrisa.
Me herí por las propias manos, no por el amor
que traías para mí y que tus dedos confirmaban
al juntarse a los míos, en la infantil búsqueda del Otro,
el Otro que yo me suponía, el Otro que te imaginaba,
cuando- por clarividencia del amor- sentí que éramos uno sólo.
Amiga, amada, amada amiga, así el amor
disuelve el mezquino deseo de existir de cara al mundo
con la mirada perdida y larga ciencia de las cosas.
Ya no enfrentamos el mundo: en él nos diluímos,
y la pura esencia en que nos transmutamos dispensa
alegorías, circunstancias, referencias temporales,
imaginaciones oníricas,
el vuelo del Pájaro Azul, la aurora boreal,
las llaves de oro de los sonetos y de los castillos medievales,
todas las imposturas de la razón y de la experiencia,
para existir en sí y por sí,
en la rebeldía de cuerpos amantes,
pues ya ni somos nosotros, somos el número perfecto:
Uno.
Llevó tiempo, lo sé, para que el Yo renunciase
a la vacuidad de persistir, fijo y solar,
y se confesase jubilosamente vencido,
hasta respirar el júbilo mayor de la integración.
Ahora, amada mía para siempre,
ni mirada tenemos para ver ni oídos para captar
la melodía, el paisaje, la transparencia de la vida,
perdidos que estamos en la concha ultramarina de amar.
DE CÓMO DON QUIJOTE RECUPERÓ LA CORDURA Y DEL DOLOR DE SU ESCUDERO.
Saturnino Valladares
Cuando Don Quijote habló de locura,
el melancólico Alonso Quijano
el Bueno, abandonado y vencido,
sin libres deseos de libertad,
ni ánimo para pastorear
su soledad por los campos manchegos,
se entregó al llanto su fiel Sancho Panza
con los ojos preñados de suspiros.
Besándole las manos, la tristeza
sacudía su cuerpo tembloroso.
Golpeaban sus dientes los batanes,
los molinos, la tarde dura y fría:
lloraba así a su señor Don Quijote,
dolor solo, sin aliento, vencido.
Al ver de este modo sentir su suerte,
devuelto sin sentido a la cordura,
dijo con pesadumbre al escudero:
"Perdóname, amigo, de la ocasión
que te he dado de parecer loco como yo,
haciéndote caer en el error
en que yo he caído de que hubo y hay
caballeros andantes en el mundo"
Sin embargo, ante la imagen absurda,
serena, sana, triste, de la muerte,
se entregaba al llanto el fiel Sancho Pancho.