SATURNINO VALLADARES


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Saturnino Valladares. Cenizas




ACÁPITE


No dejaría de ser hermoso encaminarse al lugar.

Contemplar las margaritas que crecen al borde de la grava.
Pisar los frutos redondos del ciprés, o esquivarlos, o darles una patada como cuando era niño, y me llevaba a recordar a la bisabuela y al tío Moncho. (Tatá, Fidel y el abuelo aún vivían).

No dejaría de ser hermoso
recordar el brillo de sus ojos grises. Abrazarme en la memoria al calor de su cuerpo tendido a mi lado, y despertar en la siesta riendo por sus ronquidos de caverna.

No dejaría de ser hermoso
encaminarse con este pensamiento, con un ramo de lluvia y la tristeza temblando en los labios. Retener el valor al depositar las flores sobre la lápida, sin vergüenza a llorar.

Pero no puede ser hermoso porque está muerta para siempre.




EL AUSENTE



Diez años. Son ya diez años
de sentir como se marcha
cada día. Cada día.







CENIZAS



LA SOMBRA PARTIDA

Cruzo el abismo al lado de la muerte.
Proceden sólo sombras de las sombras,
reflejos apagados
y ausencias quemadas en su materia:
la sequedad de la muerte en la muerte.

El polvo de la piedra es su color,
y su forma nocturna
pertenece a la nada.

Con la sombra partida entre los brazos
comprendo que nada me pertenece,
que para nosotros no habrá regresos.
Comprendo que tan sólo
la muerte sobrevive a la ceniza.



CON NOCTURNA CENIZA ENTRE LOS LABIOS

Con los restos de madre hasta las manos,
algunas veces
mojados en la boca,
avanzo
a golpes grises
por las aguas,
voy,
me llevan,
lentamente
me hunden los labios
en la lengua del beso.

La saliva es espesa
como la sangre sin gota,
vaciada de repente desde una herida helada.
El corazón no me llega a la lengua,
algunas veces
la flor del beso
me da un golpe en los ojos
y sólo veo restos,
nada mas que los restos de mi madre.

Detengo el pulso para mirar el mar.

Abro los ojos.
Sonrío.
Avanzo con una flor.
Traigo un muerto en las manos.



POLVO DE ADIÓS

La Vida se desprende
frente a la sombra opaca de mis ojos
como polvo de adiós definitivo.

Tiembla.
Se desmorona.
Se derrumba.
Ya se hunde...

El propio aliento me huele a despedida.



LOS CÍRCULOS SAGRADOS

Cae poco a poco desde mis manos
el latido caliente,
la delgada cintura,
los encuentros casuales,
los árboles mojados,
los senos de la infancia,
las caricias, el pelo,
las caderas, los muslos...

Descalza en la memoria,
oigo el último paso de mi madre.


ALUD

Se abandonó el amor
a sí mismo.
Avanzó
en las manos frías de la lluvia
un temblor de pétalos en la noche.



TIEMPO ES DE QUE SE SEPA

Tiempo es de que se sepa: Dios ha muerto.

Llenos de eternidad eran sus ojos,
y de sus manos comían los pájaros
el pan y la lluvia. El invierno
es más oscuro en lo oscuro, más polvo
en el rayo de luna es la ceniza.

Tiempo es de que se sepa: mi madre ha muerto.

Ya nadie con su hálito podrá alzarme del polvo.


EDIPO

Si yo tuviera ojos con qué llorar,
la noche temblaría
como si fuese a morir la mañana,
el viento soplaría en las regiones
luminosas de esta luna de otoño,
y el rocío amanecería en la sombra.
Si yo tuviera ojos con qué llorar,
Edipo...
Edipo, no cierres mis ojos.
Bésame en los labios. Estoy muriendo.

Con los ojos cercados por las lágrimas,
respiré el aliento gris de mi madre
mientras iba muriendo.

Aún hay llanto de madre en mis ojos.




EL CANTO DEL GORRIÓN

Se deslizó la mano en la hondura del pecho.

El canto del gorrión
todavía vibra
en la inmovilidad.

Tanto dolor no puede ser posible.



CEGUERA

Abandoné
los párpados
quemados
a las lágrimas
para que la noche
detuviese en mis ojos
la ceniza.



FRACASO

El sabor del fracaso

se posó en mi lengua

como si hubiera perdido al amigo.


Y no era eso.
Tan sólo
era lo que quedaba de mi vida.



AZUL SUENA LA MUERTE

Azul suena la muerte
en la luz de la noche.

Me duele en el dolor
el cuerpo arrebatado
en la noche sin lluvia,
y en el centro de éste
me llueve azul la lluvia.

Azul suena la muerte.

Frente a los ojos, llueve mi vida.


CUENCAS DERRAMADAS

Los pájaros
de la lluvia
de la sal
abren al viento
el calor
de sus venas,
como centros
de luz
inextinguibles.

Amanece.

Vuelan
pájaros muertos,
solos,
en la mirada
de la noche.



M´ILLUMINO D´IMMENSO


La noche
abrió sus ojos
invisibles
en el inmenso incendio
de la luz.

¡Qué lejos para mí el amanecer!



LA CARACOLA

Una caracola en manos de un niño
adormecía un nombre contra el mar,

como si el oleaje

pudiese perpetuar

su recuerdo en la noche.


Perdimos a ese niño para siempre:
la voz se obstina en la nada del eco.



LA MEMORIA DEL OLVIDO

Gota a gota, la lluvia desnudó
la olvidada memoria: la memoria
del olvido. Lavó capas de tiempo
toda la noche, ya desde mis ojos,
ya desde las aguas, ya en la mañana,
hasta regresarme al primer dolor:
la muerte,
la enfermedad,
la noticia.

Comprendo que el olvido no existe.
Sólo existe la memoria del olvido.

Miro mis manos sin rastro de madre,
y me pregunto cuál es el sentido
de este gesto, por qué cruzan los restos
de mi madre el mar de las Catedrales,
por qué regalé las ropas, los libros
que le leía en el patio de la casa
o en la cocina, el desamor de Bécquer,
por qué enterré los rostros vivos que éramos
en cajas de cartón con lazos grises,
por qué duele tanta muerte en mi lengua.

Pienso en los ojos grises de mi madre.

Desandando los pasos del olvido,
he seguido mis huellas en la arena.



CENIZAS


La sombra partida
Con nocturna ceniza entre los labios
Polvo de adiós
Los círculos sagrados
Alud
Tiempo es de que se sepa
Edipo
El canto del gorrión
Ceguera
Fracaso
Azul suena la muerte
Cuencas derramadas
M´illumino d´inmenso
La caracola
La memoria del olvido




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